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Cuando octubre avanza, Tláhuac comienza a cambiar de color.


El cempasúchil enciende las chinampas, el papel picado se mueve sobre las calles y en las cocinas se preparan los sabores que alguien dejó sembrados en nuestra memoria.


Hay manos trabajando el cartón, familias buscando fotografías y niños que preguntan por las personas que aparecen en ellas. Así comienza el encuentro.


La celebración recorre los siete pueblos originarios de la alcaldía y sus barrios. San Pedro Tláhuac, San Andrés Mixquic, Santiago Zapotitlán y las demás comunidades reciben estas fechas con expresiones propias.


Los hogares preparan sus ofrendas; las plazas, calles y panteones se convierten en lugares para recordar, convivir y compartir la tradición.



El Día de Muertos nos permite acercarnos a una pregunta que acompaña a la humanidad: ¿qué sucede con aquello que amamos cuando deja de estar a nuestro lado?


En muchas casas mexicanas, la respuesta empieza con un gesto sencillo: poner un plato más, encender una vela, pronunciar un nombre. La ausencia encuentra un lugar donde ser acompañada.


La semilla ofrece una imagen de ese misterio.


Antes de brotar permanece seca y bajo tierra, envuelta en una oscuridad que desde afuera parece silencio. Viene de un fruto, que antes fue flor, y esa flor fue una entrega de la planta.


Cuando germina, el ciclo continúa. Desde esta mirada espiritual, vida y muerte pertenecen a una misma continuidad: cada final transforma lo que existe y abre espacio para algo más.


Nuestra celebración también se ha transformado. Las antiguas concepciones indígenas sobre la muerte se encontraron con las conmemoraciones católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos.


Durante generaciones, las comunidades hicieron suyos esos encuentros y les dieron formas distintas. Por eso el Día de Muertos tiene tantos rostros como lugares donde se celebra.



En Tláhuac, algunos de esos rostros son enormes y están hechos de cartón. En la colonia Santa Cecilia, Jaén Cartonería ha convertido las calles en un espacio de imaginación colectiva con sus calaveras monumentales.


El proyecto nació del aprendizaje de un oficio y del trabajo familiar; con los años, su ofrenda fue creciendo hasta convertirse en una expresión reconocible del barrio.


En esas figuras podemos encontrar un diálogo con la gráfica de José Guadalupe Posada y Manuel Manilla, quienes hicieron bailar, trabajar y bromear a sus esqueletos.



La muerte también se volvió arte, sátira y una manera de mirarnos: detrás de cada calavera aparecen nuestras alegrías, contradicciones y ganas de vivir.


En San Pedro Tláhuac, pueblo que da nombre a la alcaldía, la celebración encuentra sus propios caminos entre las ofrendas, la vida de sus espacios públicos y la alumbrada de su panteón.


Santiago Zapotitlán también participa en este encuentro cultural desde su plaza. En distintos puntos de la demarcación, la música y las actividades artísticas acompañan el trabajo de las familias que mantienen viva la memoria.


San Andrés Mixquic guarda una de las imágenes más conmovedoras de esta tradición.


Durante la alumbrada, las velas iluminan las sepulturas adornadas y acompañan a quienes recuerdan a sus difuntos.



La película Yanco, de Servando González, conservó imágenes de esa celebración y del paisaje lacustre de la región: una ventana hacia un territorio donde el agua, la tierra y la memoria llevan mucho tiempo encontrándose.


Hay una coincidencia que invita a la poesía: hacia el oriente nace el sol y, en ese rumbo de la ciudad, Mixquic enciende la noche para sus muertos.


El amanecer anuncia otro día; la alumbrada nos recuerda que el cariño puede seguir dando luz después de una despedida. Tal vez ahí podamos reconocer algo de la eternidad: nuestra pertenencia a una vida que continúa en lo que entregamos.


Este 2026, el Festival Internacional de Día de Muertos, FIDDEM, reunirá actividades del 30 de octubre al 2 de noviembre, con China como país invitado.


En la presentación realizada en la Biblioteca México, la alcaldesa Berenice Hernández Calderón estimó una afluencia superior a tres millones de visitantes.


El programa contempla desfiles de catrinas, alumbradas, conciertos y actividades culturales en sedes como la explanada de la Alcaldía, el Bosque de Tláhuac, las plazas de Mixquic y Santiago Zapotitlán, además del Lago de los Reyes.


La fiesta se sostiene también en quienes pocas veces aparecen sobre un escenario: floricultores, artesanos, cocineras, canoeros y familias que preparan sus altares.


Acercarnos a su trabajo permite conocer Tláhuac desde adentro y comprender por qué estas fechas forman parte de su identidad. Cada ofrenda merece una mirada respetuosa; cada oficio guarda algo que vale la pena escuchar.



En el Lago de los Reyes, la invitación comienza al subir a una trajinera. El viaje conduce hasta Los Tulares del Abuelo, donde La Llorona y el Nahual reúne al público y al elenco en una misma chinampa para vivir el teatro de cerca.


La ofrenda monumental, los tapetes de aserrín, la cartonería y la romería acompañan una noche hecha con el trabajo de nuestra comunidad.


Ven a descubrir los colores de Tláhuac y a compartir esta forma de recordar.


Entre flores, agua y luces, quizá encuentres una historia que se parezca a la tuya, una receta que te devuelva a casa o un nombre que quieras pronunciar otra vez.


Como expresa el lema del festival: «¡Que viva la vida, también en la otra vida!».


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🌾 Los Tulares del Abuelo, corazón chinampero de Tláhuac.

 
 
 

En México, el Día de Muertos es mucho más que una fecha en el calendario; es una celebración llena de color, amor y tradición, en la que rendimos homenaje a nuestros seres queridos que ya no están.


Aunque muchos conocen el 2 de noviembre como el Día de los Muertos, en realidad, las festividades comienzan el 1 de noviembre, y cada día tiene un significado especial.


El 1 de noviembre: Día de Todos los Santos o “Día de los Angelitos”


El 1 de noviembre, conocido como el Día de Todos los Santos o Día de los Angelitos, está dedicado a los niños que han partido.


En este día, se cree que las almas de los niños y jóvenes regresan a visitar a sus familias, quienes les preparan ofrendas con sus alimentos y juguetes favoritos.


Los altares suelen tener un toque más dulce, con figuras de azúcar, calaveritas y flores coloridas, especialmente cempasúchil, para guiar el camino de sus almas.


El 2 de noviembre: Día de los Fieles Difuntos


El 2 de noviembre, conocido como el Día de los Fieles Difuntos, está reservado para honrar a los adultos.


Las ofrendas suelen incluir platillos más tradicionales y bebidas como el tequila o el pulque, que se colocan junto a objetos significativos de la vida de los adultos a quienes recordamos.


Un encuentro entre dos mundos: sincretismo cultural


La conmemoración del Día de Muertos es una muestra del sincretismo entre las tradiciones indígenas y las creencias católicas que llegaron con la colonización.


Para los antiguos mexicas y otras culturas prehispánicas, la muerte no era el final, sino una transición hacia otros mundos.


En estas civilizaciones, existía el Mictlán, un lugar al que las almas llegaban después de superar pruebas y etapas.


Así, la mezcla de estas creencias con el Día de Todos los Santos y los Fieles Difuntos dio lugar a la celebración que hoy conocemos.


La fiesta prehispánica: el Festival de los Muertos


Esta festividad también se relaciona con la tradición prehispánica del Miccailhuitontli, una celebración dedicada a los muertos que duraba varios días.


En ella, los mexicas honraban a sus fallecidos con altares y rituales en el noveno mes del calendario azteca.


La unión de este festival con las fechas católicas de noviembre fue lo que generó nuestra actual celebración de Día de Muertos, permitiéndonos conectar con nuestras raíces y honrar a nuestros difuntos con ofrendas llenas de vida.


Así, el 1 y 2 de noviembre nos invitan a recordar a quienes amamos, a celebrar su vida y a sentir que, al menos por un breve momento, nos acompañan nuevamente.

 
 
 

El Día de Muertos es una de las celebraciones más emblemáticas de México.


Su origen se remonta a tiempos prehispánicos, y con el tiempo ha evolucionado para incluir elementos del sincretismo cultural.


En la tradición mexicana, el 1 y 2 de noviembre se colocan ofrendas para honrar a los seres queridos que han partido, ofreciendo un puente espiritual entre los vivos y los muertos.


En Los Tulares del Abuelo, nos enorgullece preservar esta tradición milenaria en un entorno que combina la belleza natural de las chinampas con las raíces culturales de nuestra tierra.


A continuación, te mostramos cómo armar una ofrenda de Día de Muertos paso a paso.


1. Elegir el lugar adecuado


El primer paso es elegir un espacio amplio y significativo para colocar la ofrenda.


Idealmente, debe ser un lugar tranquilo donde la familia y los visitantes puedan reunirse en silencio y respeto.


2. Colocar los niveles de la ofrenda


Tradicionalmente, las ofrendas se disponen en diferentes niveles que representan el viaje del alma. Una ofrenda puede tener dos, tres o siete niveles:


  • Dos niveles: representan la división entre el cielo y la tierra.

  • Tres niveles: simbolizan el cielo, la tierra y el inframundo.

  • Siete niveles: representan los pasos necesarios para llegar al descanso eterno.


3. Añadir los elementos esenciales


Cada elemento en la ofrenda tiene un simbolismo especial.


Aquí te compartimos los más importantes:


  • Fotografías: coloca las fotos de los seres queridos que deseas honrar en el nivel más alto. Esto simboliza la conexión con aquellos que han fallecido.

  • Velas: las velas representan la luz que guía a las almas en su regreso. Pueden ser de color blanco, que simboliza pureza, o moradas, en alusión al duelo.

  • Cempasúchil: esta flor es la protagonista de toda ofrenda. Sus pétalos brillantes crean un camino que guía a las almas hacia la ofrenda.

  • Pan de muerto: es una ofrenda tradicional que simboliza la generosidad del anfitrión y la gratitud hacia los difuntos.

  • Agua: se coloca para calmar la sed de las almas que vienen de su largo viaje.

  • Comida y bebida favorita del difunto: se incluyen platillos típicos como tamales, mole, frijoles y bebidas como el pulque o el tequila, según las preferencias del difunto.

  • Incienso o copal: su humo simboliza el paso entre el mundo de los vivos y los muertos y ayuda a purificar el ambiente.

  • Calaveritas de azúcar: representan a los difuntos, pero también son una muestra del humor y la sátira que caracterizan a esta festividad.

  • Papel picado: con colores brillantes, este adorno simboliza el viento y la alegría.


4. Añadir toques personalizados


Cada ofrenda tiene un toque personal, ya que está dedicada a los seres queridos.


Agrega objetos que ellos apreciaban en vida, como libros, juguetes, instrumentos musicales o herramientas de trabajo.


En Los Tulares del Abuelo, invitamos a las familias a compartir relatos y anécdotas de sus seres queridos mientras colocan la ofrenda, creando un ambiente de memoria y gratitud.


5. Rendir un homenaje con música


Finalmente, es común que las ofrendas sean acompañadas por música.


En muchas comunidades, se tocan sones y canciones tradicionales que los difuntos disfrutaban.


La música, junto con los olores y colores, crea una atmósfera de celebración y recuerdo.


Conclusión


Colocar una ofrenda de Día de Muertos es un acto de amor y respeto hacia nuestros antepasados.


Es una tradición llena de simbolismo y espiritualidad que conecta a las generaciones presentes con sus raíces.


En Los Tulares del Abuelo, creemos en la importancia de mantener vivas estas costumbres y en crear un espacio donde las familias puedan rendir homenaje a sus seres queridos de manera auténtica y respetuosa.

 
 
 
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